
Porque tampoco importa, nadie va a notarla, nadie saldrá buscándola, nadie, nadie, nadie…
Otro domingo más I
Una mano en su hombro. Se gira sobresaltada. ¿Es posible que…?
Estúpida, qué estúpida es. Un joven con una boina negra la mira desde lo alto. Sus ojos azules como el cielo transmiten preocupación y simpatía. ¿Estás bien? Qué amable. Asiente imperceptiblemente mientras se va levantando con su ayuda. Las lágrimas ya se agolpan en sus ojos, y se odia. Se odia por no ser fuerte, por esperar cada domingo sabiendo que será igual que el otro, y el otro y el otro, por seguir llorando como una tonta niña enamorada, por quererle, por cumplir la promesa. Porque él no la ha cumplido.
El joven sonríe comprensivo. ¿Quieres un pañuelo? En la cafetería de la esquina son muy bonitos. Lo mira sorprendida y ríe ligeramente. Qué amable. Declina la oferta con una sonrisa cortés y le agradece su preocupación. El joven —parece una nube de algodón azul— se marcha sin estar demasiado convencido luego de una ligera reverencia. Ella lo observa irse. Tal vez no estaría mal ir a por un pañuelo a la cafetería de la esquin—
—Guapo, ¿eh?
No. No, no, no. Esa voz. No. No puede ser. Se gira lentamente, los segundos se vuelven tortuosas horas de agonía. Y entonces le ve. Enfrente de ella, más adulto, más delgado, más curtido. Pero él, al fin y al cabo. No puede ser. No pued—
—Siento haberte hecho esperar. Hubo imprevistos en el camino —se acerca a su oído, susurrando — una viejecita que no encontraba a su gato, ya sabes.
Ríe sin proponérselo. ¿Cómo puede ser tan despreocupado en un momento como ése? Y lo peor, le encanta. Los labios de él recorren lentamente su cuello, recorriendo ese camino tan conocido y tan olvidado a la vez. Sus labios se encuentran, ávidos, precipitados, ansiosos. Un beso con sabor a sal.
Se separan y él la mira, serio esta vez. Se inquieta, eso no es propio de él. Pero entonces la rodea con sus brazos y apoya la barbilla en su coronilla. Ella suspira suavemente. Cómo lo ha echado de menos…
—Lo siento.
Niega con la cabeza. No, no lo sientas, susurran sus manos mientras recorren su espalda. Ahora estás aquí. Te quiero, amor, te quiero. Él la estrecha aún más. Sobran las palabras, sobra el tiempo de angustia, sobran las cartas perdidas, sobran los domingos, sobran las horas en vela observando las estrellas, sobran.
Cuando se alejan —no se separan— él la observa. Repara en su cabello seco, en su nariz roja, en sus labios agrietados. También en los zapatos viejos, el vestido raído y el abrigo marrón de lana. Y repara en su bufanda. La de los dos. Y entonces una sonrisa de felicidad de extiende por su rostro mientras la vuelve a estrechar.
—¿Sabes? Va siendo hora de que te compre otra bufanda.
Ella ríe, feliz, y le besa en los labios.
—Cuando quieras.
Nunca perdáis la esperanza...
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